13 dic. 2015

Los niños y la esperanza

Los niños son niños siempre que pueden y que les dejamos. En cuanto ven un juguete, se lanzan a por él. Les vence la curiosidad y miran el mundo con los ojos bien abiertos, para no perderse nada. Basta ver las imágenes de los pequeños refugiados, intentando hacer una travesura al horror, para darnos cuenta de su capacidad de recuperación, de encontrar ilusión en casi la nada.
Foto vía Aidén Calvo de Miguel.
Pero hoy quiero escribir de niños y olvidarme de guerras, de éxodos horribles, de hambre, de necesidades, de falta de amor. Quiero olvidarme de ello, fijarme en su sonrisa, que, solo con dibujarse, ya hace asomar la tuya; en la risa sonora que ilumina sus caritas y a la que respondes de la misma forma sin apenas ser consciente de ello. Quiero asombrarme con su capacidad para el asombro, sorprenderme con sus gestos de sorpresa, aprender mientras aprenden, ser feliz con la misma fuerza con la que muestran su felicidad.
¿Recuerdas tu infancia? Mirabas con ojos limpios, sin maldad. Una caja era un castillo. Un palo, la mejor espada. La cama, una tienda de campaña en el bosque. La cuerda y la goma, la mayor diversión posible. La carta a los Reyes Magos, un acontecimiento. El día de Reyes, la felicidad suprema.
Los adultos añadimos matriuscas por cada nueva armadura que nos ponemos en la vida. Así, una dentro de la otra, hasta que ya no vemos nuestra piel y apenas escuchamos al corazón. ¿Por qué no proponernos ir abriendo, poco a poco separando, para, al final, ir quitando cada una de esas matriuscas e ir descubriendo la que permanece debajo hasta llegar a la primera, a nuestra esencia, a nuestra infancia?
Los niños son el porvenir, sí, pero también el presente. El pasado ya no está, el futuro aún no existe, solo tenemos el aquí y el ahora para construir el mañana. Por eso, debemos movernos, dejar de mirarnos el ombligo y procurar que los niños llenen sus horas de la mayor felicidad que sea posible. Empieza por los que tienes a tu alrededor, sin olvidar a aquellos desconocidos que, como los que están junto a ti, necesitan de amor, protección, educación y esperanza.
Esta es la palabra clave: ESPERANZA. Un niño es una perla verde turquesa, que solo existe en nuestros mejores sueños, una joya única, rara y maravillosa, viva donde viva, sea donde sea, esté donde este, y tenga las circunstancias que tenga. Sin esos pequeños no, no hay esperanza alguna, no hay futuro, no hay nada.
No obstante, la vida que hay en ellos es tan fuerte que estalla en cuanto se lo permitimos. Lo hace con risas, con abrazos, con sonrisas, con carcajadas, con esa lógica tan aplastante que te deja boquiabierto, pensando de dónde se habrá sacado eso. Solo con mirarles a los ojos y ver cuánto amor hay en ellos, basta para alegrarte el día.
Son fechas propicias para la esperanza. Para expresar deseos llenos de buenos propósitos. Sin embargo, esta vez, debes hacer lo posible y lo imposible para que se cumplan, para que deje de haber niños que se queden sin Navidad, sin sonrisa, sin calor, sin ilusión. Mira a tu alrededor. Fíjate en la cara de los pequeños ante un escaparate, al mirar a sus padres, al ver el árbol de Navidad, al abrir los regalos, y desea que todos puedan sentir lo mismo. Haz que sea así.


¡¡Feliz Navidad!!

1 comentario:

  1. Bonitas palabras llenas de un significado especial, ojalá todos pensaran de un modo similar, sin tantos egoísmos. Gracias, María por mostrarnos el camino.

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