26 jun. 2018

Una forma de amor

Hace poco leía un texto que me resultó muy interesante donde se profundizaba en el error que cometemos actuando como si el amor fuera finito o, mejor dicho, como si nuestra capacidad de amar fuera limitada; el texto defendía que confundimos el amor con el tiempo disponible. Es cierto que la mayoría de la gente centra exclusivamente el amor en sus parejas, en sus hijos, en sus padres, en sus hermanos, en sus amigos, en sus mascotas… y ya, porque el día no les da más de sí. Tenemos tiempo para perderlo en la compra, en el gimnasio, en seguir las redes sociales; tenemos tiempo hasta para hacer sudokus, reenviar “memes”, ver la televisión, escribir post en este blog, pero no tenemos minutos para amar más, para cuidar a más gente, para escuchar más, para hacer reír más o, incluso, para acompañar en silencio. Y no disponemos de tiempo, pero siempre queremos recibir más amor de los demás; buscamos el amor, pero también sabemos que solo lo alcanzaremos haciendo felices a los demás y cotidianamente no nos esforzamos en ello lo suficiente. Busquemos tiempo, que lo tenemos.
Escuela de Bodouakro.

Esta apología del tiempo para el amor tiene mucho que ver con mi descubrimiento hace unos meses en Bodouakro de un conjunto de grandes personas que sí que amaban más allá de esos círculos habituales, dedicando tiempo a otros que están muy lejos de nosotros sumergidos en una forma de vida que probablemente no entenderíamos, en una cultura ajena y con unas necesidades tan diferentes a las nuestras. Tiene que ver con la suerte que tuve de encontrarme, gracias a mi amiga María, con dos enormes personas que derrochan amor, Cristina y Aidén. Ellas pusieron una semilla de amor muy lejos hace tiempo y tuvieron esa maestría para conseguir con su impecable gestión y su ánimo inagotable que un conjunto de padrinos, de los que ahora me enorgullece formar parte, fuéramos capaces también de mirar más allá de nuestros lazos de cariño habituales y de nuestras fronteras para entregar más amor.
Escuela de Bodouakro

Aunque es difícil expresar con palabras lo que sentimos cuando contemplamos una simple sonrisa de uno de nuestros ahijados o cuando observamos cómo van creciendo, mi mayor satisfacción es lo que no se ve en las fotos: la formación que adquieren para vivir mejor, para cambiar injusticias, para ser más libres, para poder decidir sobre su vida. Tener la oportunidad de contribuir a través de la formación a que otras personas puedan alcanzar una vida más plena en el futuro es una forma de amor y desde aquí os invito a que la experimentéis con nosotros. No os vais a arrepentir.




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